capítulo ii

el nacimiento del método

Galliano vivió la efervescencia del Londres de finales de los 70s y principios de los 80s: una ciudad que salía de noche para inventarse identidades nuevas. Esa época lo llevó a clubes como The Blitz y, más tarde, Taboo (de Leigh Bowery), lugares donde la ropa no era “look”: era postura, personaje, manifiesto.

The Blitz tenía una filosofía cercana al punk: desprecio por el gusto convencional, rechazo a lo correcto, amor por lo incómodo. Fue el epicentro del New Romantic, una subcultura que respondió a la austeridad punk con lo contrario: teatralidad, androginia, escapismo. En lugar de apagar el drama, lo amplificaba. Y lo hacía mirando hacia atrás: referencias victorianas e isabelinas, siluetas históricas, gestos de época convertidos en fantasía moderna. Ahí aparece, casi intacta, una de las claves Galliano: el pasado como escenario emocional.

Cuando The Blitz cerró, la atención se desplazó hacia Taboo, el club fundado por Leigh Bowery: diseñador, performer; una provocación viviente. Taboo era un espectáculo en sí mismo, usado para exhibir diseños opulentos, exagerados, imposibles, como una celebración radical de la libertad de expresión. Galliano no rechazó esa exageración: la absorbió. Porque para él, la extravagancia no era exceso vacío; era lenguaje, era libertad, era la posibilidad de que una prenda no solo vista un cuerpo, sino que cuente una historia. Y siento que esa pasión por lo monumental —por el drama, por lo “demasiado”— empieza exactamente ahí.

Primer imagen: John Galliano en los 80s. Segunda imagen: Estilo de “The Blitz”. Tercer imagen: La excentricidad de Leight Bowery –

De estudiante a autor: Saint Martins

Todo eso —la noche de Londres, el teatro del New Romantic, la libertad sin límite— toma forma en Central Saint Martins, la escuela donde Galliano estudió diseño de moda. Ahí, esa energía deja de ser solo atmósfera y se vuelve método: investigación, construcción de personaje, obsesión por la silueta y un ojo entrenado para narrar con la ropa. A esa base le suma otra fuerza decisiva: su romanticismo histórico, alimentado por horas de deriva mental en el Victoria & Albert Museum, donde el pasado no era museo, sino munición creativa

Ese cruce lo acompaña hasta su colección de graduación, “Les Incroyables”: no una simple entrega académica, sino el primer manifiesto completo de su universo. Galliano la describió como una experiencia total, casi posesiva: “me poseyó por entero… Importaba cada pequeño detalle” (Galliano para Vogue). Y ahí está la clave: en Saint Martins, Galliano no “aprende moda”. Aprende a construir mundos —y a exigirles perfección.

su primer obra: les incroyables (1984)

– Backstage de “Les Incroyables” –

Les Incroyables fue el primer mundo de Galliano. Ese día transportó a sus espectadores al Directorio francés —el último período de la Revolución—, cuando la silueta cambia: del refinamiento de Luis XVI a un nuevo orden visual, más neoclásico, casi griego, comienzo del formalismo Imperio.

Su debut me fascina porque no se limitó a “vestir” una historia: la dirigió. La puesta en escena, la actuación de las modelos, el gesto, el maquillaje… todo estaba coreografiado como si ya supiera que su destino no era solo diseñar prendas, sino construir escenas. Ahí nace su dramatismo: desde el inicio, la moda fue guion, fue teatro, fue ficción sostenida por una técnica impecable.

– Colección de graduación de John Galliano: “Les Incroyables” –

Ahí nació su lenguaje: historia, personaje, teatralidad. Les Incroyables fue el primer mundo. El próximo capítulo: qué pasa cuando ese mundo se encuentra con una casa como Dior.