LA CONTRADICCIÓN COMO CORAZÓN DE SCHIAPARELLI
Daniel Rosberry vuelve a poner la moda en tensión: entre lo que el negocio espera de un vestido y todo lo que la fantasía puede hacer con el.
La contradicción siempre ha sido una de las tensiones más profundas de la moda: su capacidad para funcionar, al mismo tiempo, como industria y como fábrica de sueños. En la colección Fall/Winter 2026 de Schiaparelli, Daniel Roseberry pone esa tensión en primer plano y nos enfrenta a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué debería ser un vestido según la lógica del negocio, y qué podría ser según la lógica de la fantasía?
Ese punto de partida no solo habla del presente de la industria, sino también de la historia misma de la maison. Pensar Schiaparelli es, inevitablemente, pensar en Elsa Schiaparelli y en su estrecha relación con el surrealismo: una visión que nunca entendió a la moda solo como vestimenta, sino también como gesto, provocación y alteración de la percepción. Ese espíritu sigue vivo hoy en los códigos de la casa, y Roseberry lo reactiva desde una lectura contemporánea.
Dentro de esa contradicción, la colección demuestra algo muy claro: los opuestos pueden convivir. Y no solo convivir, sino potenciarse. Lo vimos en la mezcla de materiales y superficies: tejidos Aran con tul, silk wool estampada que parecía cuero, tops de segunda piel con faldas fluidas. Todo parecía estar construido desde ese cruce entre lo pesado y lo liviano, entre lo rígido y lo suave, entre lo que vemos y lo que en realidad es.

– De izquierda a derecha: un vestido cuya cola incorpora una estructura metálica, una creación realizada con más de 10.000 CDs triturados y una superficie que evoca escamas –
Eso me parece uno de los puntos más fuertes del desfile: la colección no solo habla de contradicción, la materializa.
Pero también hubo una rareza más evidente, más frontal, que me hizo pensar directamente en Elsa. Faldas con cola de dobladillo de alambre, tejidos que parecían adheridos al cuerpo, efecto escamas, conjuntos realizados con cassettes y CDs triturados. Allí la colección se permite incomodar, extrañar y salirse de cualquier lectura complaciente. Y es precisamente en esa incomodidad donde el show se vuelve profundamente Schiaparelli.

– Las patas de gallo como apoyo de bolso, el saco con broche keyhole, los zapatos con cabezas de gato y los aros con pequeños caracoles son algunos de los detalles que reafirman en el desfile la esencia de Schiaparelli –
Porque los códigos históricos de la maison estuvieron presentes de forma constante. Esa rareza de la que hablamos no nace de un gesto caprichoso: tiene una raíz directa en el origen, en la manera de jugar con la percepción y de trastocar lo esperado. El mundo animal y anatómico, la cinta métrica y el keyhole reaparecen aquí como signos que acompañan y profundizan la contradicción central de la colección.
Esa mezcla entre contradicción e historia también puede leerse de otro modo: como el cruce entre el peso de una herencia y las exigencias del presente. Schiaparelli carga con códigos, memoria y una identidad construida en una industria distinta, pero Roseberry los pone a dialogar con la moda actual, con sus necesidades comerciales, sus ritmos y sus demandas. En ese gesto aparece una tensión muy lúcida entre lo que hoy la moda puede ser y lo que muchas veces debe ser para sobrevivir dentro del negocio.
En ese sentido, volver al Carrousel du Louvre y levantar una pasarela elevada fue una decisión especialmente inteligente. No solo enmarca la colección, sino que la sitúa dentro de una memoria física de la moda parisina. No se trata de una nostalgia vacía, sino de una forma de afirmar que Schiaparelli puede dialogar con el pasado del sistema moda sin perder actualidad.
El keyhole como símbolo de una mujer enigmática
Si hay un icono que resume todo lo hablado, para mí es el keyhole.
Porque no funciona únicamente como detalle decorativo ni como cita de archivo. Roseberry lo redefine como símbolo de misterio, interioridad y acceso parcial. La mujer no se revela por completo: se sugiere, se insinúa, permanece en parte inaccesible. En una colección atravesada por la contradicción, el keyhole se vuelve la imagen perfecta de esa idea: una apertura que no termina de mostrar, un acceso que nunca es total, una promesa de sentido que siempre conserva algo de enigma.

– El keyhole sobre el pecho y como aplique fue una de las maneras en que Roseberry reforzó la idea de la mujer como enigma –
En Schiaparelli F/W 2026, Daniel Roseberry no resuelve la contradicción entre negocio y fantasía. Hace algo mejor: la convierte en lenguaje. Y al hacerlo, recuerda que la moda sigue siendo más interesante cuando no elige entre funcionar y soñar, sino cuando se atreve a sostener ambas cosas al mismo tiempo.





