Balenciaga entre la sombra y la luz
Con una estética marcada por el claroscuro, el outerwear dramático y el glamour nocturno, Piccioli construyó una colección de tensión, carácter y sensibilidad.
La tensión entre la luz y la oscuridad envolvió el universo Balenciaga. Piccioli la llevó a escena a través del tenebrismo de Caravaggio, no solo como recurso visual, sino como una forma de hablar de carácter, fragilidad y humanidad.
La puesta en escena reforzó esa lectura. El desfile tuvo lugar en un espacio oscuro sobre los Champs-Élysées y contó con la colaboración creativa de Sam Levinson, creador de Euphoria. La presencia de imágenes vinculadas a la serie y una banda sonora compuesta por Hans Zimmer, Labrinth y Rosalía empujaron a Balenciaga hacia un terreno más cinematográfico y emocional.
Con Labrinth sonando de fondo, la idea se hacía todavía más nítida. Los primeros looks estaban sumidos en una oscuridad densa, casi dramática: abrigos negros de cuero, capas y sacos de lana construían una silueta pesada, severa y profundamente sombría. Había algo casi opresivo en esa apertura, como si la colección quisiera instalar primero el peso de la sombra.

– Estos tres looks condensan la estética sombría y oscura que definió la apertura de los primeros seis looks del desfile –
Pero, a medida que el desfile avanzaba, la luz comenzó a abrirse paso. Entre el negro aparecieron nuevos colores, y las texturas, combinaciones y tejidos empezaron a suavizar esa dureza inicial. La colección dejó de hablar únicamente desde la oscuridad para proponer una convivencia más compleja entre sombra y resplandor.
Esa tensión también se manifestaba en la construcción de las prendas. Al tailoring gráfico y estructurado se le sumaban elementos más inmediatos, casi urbanos, generando un contraste constante entre la severidad de la forma y una sensibilidad más cercana al cuerpo y a la vida real.

– La tensión entre oscuridad y luz atraviesa estos looks y define el pulso inicial de la colección –
El outerwear fue uno de los grandes ejes del desfile: bombers de cuero y shearling, un abrigo cocoon rosa intenso, una parka corta verde militar, pieles degradadas y abrigos con cierres y herrajes utilitarios. A ello se sumaron hombros descubiertos, houndstooth preciso, plumas, florales, denim encerado y un tratamiento muy deliberado de la textura, como si cada superficie tuviera la capacidad de absorber o reflejar la luz de una manera distinta.
En la noche, Piccioli empujó el glamour sin abandonar esa lógica de contraste. Vestidos de terciopelo borgoña con recortes laterales, minis brillantes en verde esmeralda y salidas con lentejuelas hicieron que el clair obscur dejara de ser solo una idea para convertirse en un efecto visible: la oscuridad seguía allí, pero ahora atravesada por destellos de calidez, brillo y sensualidad.

– La luz se reflejaba de manera distinta según la profundidad de la sombra o la claridad del color –
Con esta tensión, convirtió a Balenciaga en un territorio donde la severidad no excluye la emoción y donde la oscuridad no apaga la belleza, sino que la intensifica. La colección avanzó entre sombras densas, destellos de color y superficies que absorbían o devolvían la luz, construyendo una tensión constante entre fuerza y vulnerabilidad.
Fue una atmósfera, una forma de vestir el contraste, de volver visible la fragilidad sin restarle poder. Hizo de Balenciaga un universo menos frío, pero no menos imponente.





